Por Mary Mellor.

Las iniciativas locales pueden generar avances modestos en la susentabilidad, pero no la transformación de gran escala que necesitamos. Alcanzar este desafío requerirá, entre otros factores críticos, cambios sustanciales en la manera en que creamos y usamos el dinero. Como la historia demuestra, el dinero es un constructo político y social. Es la privatización del dinero –y no el dinero en cuanto tal– lo que ha alimentado la explotación social y la destrucción ambiental. En contraste, el dinero podrá contribuir al avance de una Gran Transición a condición de que sea reconquistado por el sector público. Al contrario de lo que el neoliberalismo asevera, el Estado puede crear dinero libre de deuda, distinto al dinero que conduce al crecimiento destructivo y agudiza la desigualdad. El dinero público puede facilitar la provisión de seguridad social y de una vida sustentable para todos. Pero para que dicho sistema de dinero público funcione, debe haber un robusto control democrático sobre el proceso de toma de decisiones monetarias, así como una vigilancia rigurosa sobre su implementación.

¿Por qué el dinero?

Si queremos transitar hacia una sociedad justa y sustentable, es necesario tener claridad sobre el punto en el que nos encontramos hoy.1 Actualmente, la mayoría de la población del mundo –tanto en los países desarrollados como en los países en vías de desarrollo– vive en áreas urbanas. Es improbable que esta realidad demográfica cambie, pues la gente no se muestra dispuesta a regresar en masse a los medios de sustento rurales. Las innovaciones locales, cara a cara, en la producción y el intercambio, pueden representar pasos importantes, prefigurando los cambios de escala nacional que necesitamos. Sin embargo, estas estrategias son más apropiadas para áreas relativamente autocontenidas, y no pueden contribuir a la transformación sistémica que necesitamos.

En el mundo contemporáneo, el aprovisionamiento2, la creación y la distribución de los bienes y servicios básicos, dependen del dinero. La mayoría de las personas vive en economías de mercado con cadenas de suministro entre moderadas y de larga distancia. Bajo el capitalismo conducido por el mercado, los medios de vida individuales y los servicios públicos dependen del éxito del mercado, y el dinero funciona como medio de cambio y como una fuerza conductora que opera detrás de la participación de los agentes en el mercado. El objetivo primario de la economía capitalista de mercado no es el aprovisionamiento de bienes esenciales y servicios para la gente, sino la inversión de dinero y trabajo en actividades que rinden todavía más dinero (i.e., ganancia) para los propietarios del capital. Esto crea una economía de dos fases: en primer lugar, la gente trabaja para asegurar un ingreso que le permita pagar por los bienes y servicios básicos que necesita para sobrevivir. Pero como el trabajo es necesario para la supervivencia, y en vista de que el mercado determina su propósito y disponibilidad, las personas pueden terminar en trabajos perjudiciales para ellas, para los demás y para el medio ambiente.

Justificadamente, el dinero tiene mucha mala prensa. El amor al dinero, o la avaricia, ha sido culpado del sobreconsumo y la explotación de las personas y el planeta. Dicho esto, es difícil vislumbrar cómo los bienes y servicios podrían ser producidos y hechos circular a gran escala sin un mecanismo que facilite la comparación del valor y el intercambio de los mismos. No es el dinero como tal la fuente del desequilibrio en nuestras relaciones con los demás y con la naturaleza, sino más bien la manera en que el dinero es creado y puesto en circulación dentro de las economías de mercado contemporáneas.

La existencia del dinero –es importante señalarlo– no supone la existencia de un mercado, pues en casi todas las sociedades humanas ha habido algún tipo de dinero. El dinero simplemente provee una unidad de valor reconocida. Esa unidad puede ser un precio dentro de un mercado, pero también puede ser el tamaño de un regalo o la medida de una necesidad. El equiparar del dinero con

la función. Esto implica suponer que el dinero encarna un valor, cuando de hecho representa un valor. El dinero puede tomar la forma de algo con valor de uso (ganado, grano), algo con valor social (una piedra especial, conchas de mar), algo con poco o ningún valor (papel, madera, metales comunes) e incluso algo sin forma física (transferencias bancarias, promesas verbales). La unidad de valor puede ser tangible (ovejas, cuentas) o intangibles (libra, dólar, euro).

El dinero, en otras palabras, es un constructo social y político. La utilización del dinero no estimula necesariamente la explotación humana ni la destrucción ecológica. Es la ideología del capitalismo neoliberal lo que pone a la ganancia monetaria por encima de las preocupaciones sociales y ecológicas, y es el sistema privado de dinero emitido por los bancos comerciales, lo que nos mete al pernicioso ciclo de deuda y crecimiento.

A menudo, la visión de las comunidades ecológicamente sustentables pone su atención no en el Estado sino en la economía social, que ocupa un sitio entre el Estado y el mercado.3 Las características de la economía social, tales como las empresas comunitarias, las cooperativas y los mercados locales basados en dinero local, son todas benéficas, pero insuficientes para poner en marcha la Gran Transición. La creación de un futuro justo y sustentable supone un compromiso masivo que requerirá un nivel de coordinación que sólo el Estado puede ofrecer. Por ende, necesitamos atender al potencial de las economías gobernadas democráticamente, en las que el dinero sea tratado como un recurso público para el aprovisionamiento sustentable.

Sin embargo, el neoliberalismo, que ha influenciado gran parte del pensamiento convencional sobre el dinero, es obstinado en la idea de que el sector público no debe crear (“imprimir”) dinero, de suerte que el gasto público debe estar limitado a lo que el mercado puede “permitirse”. Según este punto de vista, el dinero es un recurso limitado, y el mercado asegura que sea utilizado eficientemente. ¿Esto quiere decir que el dinero público es un sueño imposible? No, pues la crisis financiera y la respuesta que recibió socavaron el dogma neoliberal. El sector financiero desempeñó de Estado tuvo que intervenir y proveer un respaldo monetario ilimitado para rescatarlo. La creación de dinero ex nihilo por parte de las autoridades públicas reveló la naturaleza inherentemente política del dinero. ¿Por qué, entonces, el poder de crear dinero fue cedido al sector privado, y con tan poca vigilancia pública? Y si el dinero puede ser creado para servir a los bancos, ¿por qué no crearlo para que sirva a la gente y al medioambiente?

Mitos en torno al dinero

Uno de los mayores obstáculos existentes para la reapropiación del dinero en aras del interés público, reside en la extendida incomprensión de lo que es el dinero. La historia convencional del dinero descansa en una serie de mitos que obscurecen sus orígenes sociales y políticos. El primer mito es que el dinero y el mercado comparten un origen común, y que las economías modernas, basadas en el dinero, emergieron a partir de economías de trueque. Sin embargo, no existe evidencia histórica de la existencia de economías amplias basadas en el trueque, y el dinero, como se explicará en la siguiente sección, tiene una historia social y política mucho más compleja. El segundo mito es que el dinero se originó como una moneda de metal precioso. Si bien en ciertos momentos el dinero ha estado hecho de este tipo de metales, también ha tomado formas mucho menos valiosas, cuyo uso precedió por mucho la invención de las monedas. El entender al dinero como hecho de algo valioso (oro, plata) sugiere que el dinero es deseable por sí mismo, como una encarnación del valor. Pero el reconocer que el dinero carece por sí mismo de valor (metales comunes, madera, papel), permite verlo como el signo que representa una relación social –y eso es el dinero en realidad.

Los presupuestos sobre la importancia histórica de la moneda de metal precioso dieron origen a un tercer mito, según el cual la actividad bancaria emergió de la gestión de depósitos de metales preciosos que eventualmente fueron representados por papel mo­neda y registros contables. En realidad, la actividad bancaria se originó mucho antes de la acuñación de monedas de metales preciosos, y los registros contables fueron una característica central. A su vez, esta incomprensión histórica contribuyó a la creación de un cuarto mito: que hoy los bancos meramente vinculan a los ahorradores de dinero (los titulares de los depósitos) con quienes piden préstamos. Como ha sido reconocido de forma cada vez más abierta por la Reserva Federal, el Banco de Inglaterra y el Fondo Monetario Internacional, y como ha sido sostenido por teóricos del dinero, los bancos, de hecho, crean nuevo dinero cuando emiten préstamos, abonando el depósito de un dinero previamente inexistente en las cuentas de quienes lo reciben. En la actualidad, las autoridades públicas monetarias retienen el monopolio de la producción del dinero en efectivo (billetes y monedas), pero el dinero que los bancos crean también es parte de la masa monetaria nacional y circula en la economía como tal.

Todos estos mitos, ampliamente difundidos, descansan en una mala lectura de la historia del dinero. ¿Cuál es, entonces, la historia real?

Breve historia del dinero

Las formas de dinero más tempranas fueron utilizadas casi completamente dentro de diversos contextos sociales, e.g., pagos y multas por una injusticia o una injuria, dotes y regalos para construir solidaridad social o evitar conflictos. A medida que los Estados centralizados emergieron, el dinero apareció bajo nuevas formas, tales como el pago de tributos, los gastos estatales y la recaudación de impuestos. En Estados más tempranos, el uso del dinero fue registrado en jeroglíficos o representado en formas simbólicas como tabletas de arcilla. Los gobernantes autócratas, con centros administrativos en palacios o templos, determinaban la forma y la oferta disponible de dinero. Todo esto ocurría miles de años antes de que emergiera la acuñación de monedas, alrededor del 600 a.C.

Lejos de ser un producto de los mercados, la acuñación de moneda fue creada y controlada por los gobernantes y jugó un rol central en el crecimiento del imperio griego y el romano. La acuñación estaba asociada a los centros de poder, ya que la creación de dinero confiere los beneficios de ser el primer usuario, tales como el señoreaje (la diferencia entre el valor nominal de la moneda y su costo de producción). En el mismo sentido, el poder de crear y poner en circulación el dinero está vinculado al poder soberano de recaudar impuestos. En lugar de depender de la recepción de un tributo tradicional, un gobernante puede pagar por bienes y servicios con dinero que después puede reclamar a través del cobro de impuestos.

Los mercados de mercancías gradualmente emergieron junto con las ciudades-Estado y los imperios. Y mientras los mercaderes utilizaban el dinero creado y controlado por los gobiernos, desarrollaron también sus propios medios para gestionar valores, deudas y pagos. Este nuevo dinero comercial tomó la forma de promesas verbales o escritas, o de representaciones físicas tales como las tablas de registro (una promesa de pago grabada en un palo que después era cortado por la mitad para que cada contraparte conservara una de ellas). Independientemente de la forma que tomara, lo central para el dinero comercial fue la deuda: la obligación de una persona de pagarle a otra.

La emergencia de la época capitalista, con sus promesas en papel y la banca moderna, atestiguó la privatización gradual del poder soberano de creación monetaria. Los conflictos constantes, la resistencia a aumentar los impuestos y la escasez de metales preciosos debilitó el control de los gobernantes. El control del dinero, así, cayó en manos de una élite económica emergente, y los gobernantes se volvieron cada vez más dependientes del endeudamiento. Con el tiempo, los Estados construyeron enormes deudas nacionales con el sector bancario, creando la dependencia financiera que vemos en la actualidad.

Un paso crucial en este proceso de privatización se produjo cuando el dinero comercial se convirtió en una divisa pública. El Banco de Inglaterra, por ejemplo, fue fundado originalmente en 1694 para prestar dinero al Estado. Con el paso del tiempo, sus billetes, respaldados por una difusa “promesa de pago”, fueron designados como moneda. Eventualmente, todos los bancos dejaron de emitir dinero bajo su propio nombre y en su lugar emitieron dinero público (e.g. libras esterlinas). Este paso acarreó dos cambios mayores. En primer lugar, el sector público se convirtió en el respaldo de los bancos que estaban creando dinero en su nombre. En segundo lugar, mientras que el soberano podía crear dinero libre de deuda, los bancos comerciales no. El dinero creado y prestado por los bancos debe ser reembolsado con intereses. Esta diferencia crítica impulsa el crecimiento porque crea nueva deuda para reembolsar la deuda antigua. Y si este sistema, basado en la deuda, se reduce, también lo hace la masa monetaria.

Hoy en día, nuestra dependencia de la deuda se ha vuelto social, ecológica y económicamente insostenible. Es socialmente insostenible porque la creación de dinero como deuda exacerba la desigualdad. El dinero fluye hacia quienes están mejor posicionados para reembolsar sus deudas con intereses –una dinámica que enriquece a los ricos y atrapa a los pobres en una relación de deuda de largo plazo–. Es ecológicamente insostenible porque la creación monetaria a través de la deuda impulsa la expansión económica. Si los préstamos deben ser reembolsados con intereses, debe haber algún tipo de crecimiento económico. Esto no necesariamente causa un daño ecológico (podría simplemente incrementar el precio de activos ya existentes), pero es cierto que ello socava las bases del decrecimiento o incluso de una economía en estado estacionario. Es económicamente insostenible porque el hecho de basar la oferta monetaria en la deuda, eventualmente conduce a crisis en que los gobiernos, negocios y ciudadanos no pueden o simplemente no están dispuestos a incurrir en más deuda.

Los economistas ortodoxos ofrecen fundamentos al imperativo del crecimiento. Al tratar el dinero como la encarnación de un valor generado por la economía de mercado, atan la creación monetaria a la rentabilidad comercial y el crecimiento económico. Los economistas y diseñadores de políticas a menudo describen el gasto gubernamental como algo semejante a la administración de un hogar. Los gastos del sector público, argumentan, dependen de la “creación de riqueza” comercial de la misma manera que el gasto de un hogar depende de los ingresos del jefe o jefa de familia.4 Mientras más productiva es la economía, mayor el ingreso gravable disponible para el uso público. Como conclusión, para quienes están interesados en solventar las necesidades del sector público, el crecimiento es bueno, sin importar su costo en el largo plazo.

El punto de vista ortodoxo sobre la economía ignora muchas otras fuentes de valor –trabajo doméstico no remunerado, lo comunitario, la convivencialidad y la resiliencia ecológica–. Evidentemente, existe un deseo de proteger de la mercantilización estas áreas de la vida, pero si sólo se hace esto, se deja al resto del sistema intacto. En lugar de ello, debemos reconfigurar el sistema monetario para dar prioridad a lo que realmente importa y desvalorizar las actuales prioridades del capitalismo de mercado.

Debemos comenzar por tratar al dinero como una fuerza activa, no como algo pasivo. Según la escuela económica convencional, el dinero fluye a través de la economía reflejando las decisiones de gasto e inversión. Pero la pregunta crucial de cómo el dinero entra o sale de la economía, es pasada por alto. La historia muestra que hay dos agentes –Estados y bancos– que pueden crear nuevo dinero. El uso de este dinero, a su vez, crea nuevas formas de riqueza. Históricamente, los gobernantes reunieron ejércitos y construyeron fortalezas y palacios. Los bancos crearon crédito para el comercio y la producción. En los Estados modernos, tales como Gran Bretaña, el nuevo dinero ha provisto crédito para el consumo, particularmente hipotecas, convirtiendo los hogares en activos financieros en vez de simplemente lugares para vivir. En contraste, el dinero creado para fomentar un tipo de abastecimiento basado en conceptos de suficiencia y justicia social, apuntarían a crear “riqueza”, es decir, bienestar para todos.

Recuperar el dinero para la gente

El legado social y público del dinero debe ser recuperado, y su gobernanza debe ser democratizada. El dinero puede representar un valor social y público, no sólo un valor comercial y privado. Y en vez de ser sólo un mecanismo para el intercambio orientado hacia la ganancia, el dinero puede ser un instrumento para el suministro de bienes y servicios que la gente realmente utiliza y para garantizar a todos el derecho a los medios de vida, como por ejemplo a través de un ingreso básico.

Mientras el uso comercial del dinero propulsa el crecimiento, la asignación de dinero público y social proveería a la gente de lo que necesitan directamente, apoyando así la construcción de una economía de una sola fase en vez de dos. El desarrollo de una economía de un paso es esencial para una Gran Transición hacia una sociedad justa y sustentable. El aliviar a las personas de la necesidad de tomar trabajos insostenibles e innecesarios para obtener dinero, reduciría la tensión ecológica y la desigualdad económica. Y al liberarla de la dependencia al mercado, se crearía más tiempo para aquellas actividades vocacionales, personales, sociales y convivenciales que dan sentido a la vida.

La economía neoliberal niega que todo esto sea posible. En efecto, los políticos rutinariamente aseveran que no hay “suficiente dinero” para nuestras necesidades sociales básicas. Pero a pesar de las afirmaciones y restricciones de la ideología neoliberal, los Estados pueden “imprimir dinero” y de hecho lo hacen. En primer lugar, el dinero es producido ex nihilo por los bancos centrales para suministrar dinero y respaldar las actividades de creación monetaria del sector bancario. En segundo lugar, el dinero es creado y puesto en circulación cuando el gobierno gasta, de la misma manera que los bancos crean dinero cuando emiten préstamos. Los Estados gastan el dinero y después equilibran su gasto mediante el cobro de impuestos y otros ingresos recibidos. Los Estados, sin embargo, no necesitan “abastecerse” de dinero mediante los impuestos antes de gastar: el balance entre el gasto público y el ingreso público sólo se hace claro después de que el gasto se ha producido. En este punto, la decisión política es qué hacer con el “déficit”, es decir, con el exceso del gasto sobre el ingreso. El dinero extra creado por el gasto estatal puede ser dejado en circulación dentro de la economía, produciendo un “sobregiro” perpetuo del banco central. O bien, el déficit puede ser desplazado hacia el sector financiero a través de la “deuda gubernamental”, incrementando así la deuda nacional (como sucede en la mayoría de las economías capitalistas).

Todas las monedas modernas son “dinero fiat”, creadas de la nada, y su valor está respaldado por la confianza pública y la autoridad estatal. ¿Por qué, entonces, los Estados y sus ciudadanos están aprisionados por la deuda? ¿Por qué las personas no pueden simplemente crear el dinero que necesitan para liberarse de la deuda? ¿Por qué el dinero no puede ser puesto a circular en el sector público o social, en actividades no orientadas a la obtención de una ganancia? ¿Por qué basar los principios que gobiernan nuestro sistema económico en el carnicero, el panadero, el fabricante de velas y la escondidiza mano del mercado, y no en el médico, el maestro, el trabajador social, el artista y la no tan escondida mano de la economía solidaria?5 Como estas preguntas dejan claro, el liberarnos de nuestras concepciones erróneas sobre el dinero, abre la puerta a nuevas posibilidades de impulsar la transición social hacia una economía justa y sustentable.

El control de la oferta monetaria y, de manera más general, del sistema monetario, confiere una inmensa cantidad de poder. ¿Podemos confiárselo al Estado? Los neoliberales advierten sobre los peligros de la intervención estatal en un sistema que se basa en el mercado. Los defensores de las economías sociales y locales también mantienen sus reservas hacia el Estado, particularmente hacia sus aparatos burocráticos opacos y distantes. Pero si no se ex­pande el rol del Estado, muchas personas seguirán cayendo en los huecos del mercado y los servicios voluntarios. Ahora bien, dado que muchos Estados han demostrado ser ineficientes, corruptos y autocráticos, un sistema de dinero público sería aceptable sólo si fuera democráticamente más robusto. No podemos asumir que las autoridades públicas utilizarán el dinero sabiamente a menos que estén sujetas a ciertos mandatos democráticos y al escrutinio público efectivo. El control exclusivo de la oferta monetaria no debe simplemente ser puesto en manos del gobierno a cargo del poder o del aparato estatal, sin vigilancia alguna. La administración pública de la creación y la asignación del dinero debe ser transparente y estar sujeta a la rendición de cuentas.

La democratización del dinero

El desplazarnos de la ganancia hacia el aprovisionamiento, pondría la atención de la economía en el lugar pertinente: la satisfacción sostenible de las necesidades. Esta meta sería alcanzada mediante una combinación de un ingreso básico (esto es, una asignación monetaria para cada individuo como derecho) y el presupuesto para el gasto colectivo en infraestructura y servicios públicos. El proceso democrático entrañaría el desarrollo de plataformas de partidos, seguido de una participación en la construcción del presupuesto, según un proceso descrito a continuación.

En los niveles nacionales y regionales, los partidos políticos propondrían una asignación general de fondos entre los sectores social, público y comercial –así como los niveles del ingreso básico– como parte de su plataforma electoral. La asignación real estaría a cargo de los partidos en el poder. El dinero para financiar estas asignaciones, democráticamente determinadas, utilizaría fondos suministrados por el banco central y estaría administrado por estructuras sociales, públicas o cooperativas. En este proceso, las actividades bancarias orientadas a la ganancia privada –administrar los depósitos, llevar a cabo las transacciones y saldar las cuentas– seguirían existiendo, pero los bancos ya no estarían facultados a crear dinero a ni participar en la especulación financiera. Cuando el sector privado requiera préstamos para inversiones sustentables y socialmente justas, esto podrá cumplirse bien mediante la asignación de dinero público a través de un préstamo con los bancos privados, o bien mediante la transferencia de dinero ya existente en manos de inversionistas privados.

Las erogaciones públicas se realizarían mediante el gasto de dinero libre de deuda. Los foros entre ciudadanos y usuarios/productores, identificarían las necesidades específicas del gasto público, ofreciendo información para los presupuestos locales, regionales y nacionales. Dada la complejidad del proceso, estos presupuestos y sus asignaciones correspondientes se establecerían por un periodo de por lo menos cinco años, con un modesto margen para ajustes internos. La adopción de un método participativo y transparente para la toma de decisiones trabajaría activamente contra la dominación de cualquier grupo u organismo particular. El establecimiento de presupuestos de largo plazo asegura que los gobiernos no puedan cambiar los niveles de creación monetaria o gasto establecidos en los periodos previos a las elecciones.

Dado que este sistema resultaría en un incremento masivo del gasto público, sería prudente establecer una introducción gradual. Incluso con ello, el dinero adicional que fluyera hacia el mercado incrementaría la amenaza de la inflación en el corto plazo. Pero la reconceptualización del papel que juega la recaudación de impuestos, nos ofrece una manera de enfrentar el problema de la inflación. Según el punto de vista convencional, el Estado depende del ingreso de los impuestos que se extrae del sector privado, el “creador de riqueza”. Y el gasto público es una carga para el laborioso contribuyente –quien por lo general no es representado como alguien que se beneficia de los servicios públicos–. Si el dinero es creado exclusivamente por el sector comercial, la perspectiva convencional es, en gran medida, correcta. El sector público es dependiente del dinero recaudado a través de los impuestos, y en ausencia de endeudamiento, el cobro de impuestos debe preceder al gasto público. Pero si inicialmente el dinero es creado y puesto en circulación por el sector público, no hay necesidad de “recaudar” dinero a través de los impuestos. Más que preceder al gasto público, el cobro de impuestos es posterior a él, retirando de la circulación dinero públicamente creado en una cantidad suficiente para mantener la inflación bajo control. Si el sector público es mucho mayor que el sector privado, es posible que los impuestos tengan que ser más elevados.

Mientras que los niveles de presupuesto e ingreso básico pueden ser determinados a través de un proceso abierto y democrático, comercial requeriría de experticia técnica. La situación no es diferente de lo que vemos hoy: los expertos en la política monetaria tratan de anticipar las tendencias y después proponer acciones para lidiar con la presión inflacionaria, usualmente a través del ajuste de las tasas de interés de referencia. Como sucede hoy, la estimación del impacto del gasto público será un proceso de acierto y error, pero en todo caso es un proceso necesario. Un comité de expertos haría una evaluación del monto de dinero público que el sector comercial podría absorber sin que haya una tasa de inflación demasiado alta y, correspondientemente, sin que se requiera un alto nivel general de impuestos. La evaluación de los expertos no tendría ningún papel en la determinación de cuán alto será el gasto público ni cuántos impuestos se deben cobrar. Es allí donde el público intervendría, debatiendo las cuestiones sobre qué monto gastar y para quién, con qué fines, y qué cantidad de impuestos cobrar.

El modelo del dinero público y recaudación aquí descrito, no hace más que reflejar cómo fluía el dinero antes de que emergiera la dominación comercial del sistema monetario. Los gobernantes soberanos emitieron dinero en varias formas para pagar por bienes y servicios y después retiraban el dinero a través de los impuestos. En la actualidad, el pueblo debe ser el soberano. Bajo un sistema de dinero público, la gente haría pagos para ella misma median­te la compra de bienes y servicios para su propio beneficio, para después devolvérselo a ella misma mediante los impuestos. Este proceso podría ser llevado a cabo enteramente sin dinero, pero ello supondría una pesadilla administrativa.6

El ejercicio efectivo del derecho del sector público a crear y gastar su dinero requeriría una amplia gama de procesos de decisión democráticos. Las cuestiones relativas al nivel de impuestos, la redistribución del ingreso y la riqueza, el gravamen sobre el uso de los recursos o la tierra, los gastos que deben ser gravados, etc., tendrían que ser resueltas democráticamente. Sin embargo, debido a que esta propuesta incluye un ingreso básico y una extensa red de servicios públicos, sería mucho menor la necesidad de acumulación de riqueza o de programas de inversión tales como las pensiones, que son los propulsores principales del crecimiento. Más aún, dado que se necesitarían menos oportunidades de inversión, el dinero público podría ser creado y utilizado para comprar recursos naturales y servicios que hoy están en manos privadas, poniéndolos bajo control público.

Otro aspecto importante de la participación democrática residiría en las mejoras a la supervisión del gasto público. Todas las organizaciones que recibieran una asignación de dinero directa o indirecta, requerirían de mecanismos claros y democráticos de rendición de cuentas y transparencia. Los ciudadanos interesados, junto con los trabajadores y los grupos de usuarios de estos servicios, podrían monitorear los gastos y las prácticas de las empresas con regularidad. Este monitoreo minimizaría la posibilidad de abusos, como el apalancamiento excesivo del sector financiero y la corrupción del sector público, que son una plaga para el sistema vigente.

Conclusión: dinero libre de deuda para el aprovisionamiento suficiente

Un sistema de dinero público haría posible una economía de un paso, en la cual los individuos no tendrían que aceptar trabajos perniciosos en lo social o lo ecológico para asegurarse un ingreso. La participación en el mercado ya no sería esencial, pues el dinero reflejaría el derecho a un sustento, no sólo el valor de mercado que se le asigna al trabajo. El trabajo pagado seguiría existiendo, pero se concentraría en prioridades democráticamente determinadas. El cuidado recíproco y del planeta, así como la construcción de una sociedad justa, y no la especulación financiera y la extracción de recursos, serían reconocidos como la fuente real de la riqueza. El progreso se mediría mediante nuevas métricas, desplazándonos del Producto Interno Bruto a una noción de Aprovisionamiento Interno Bruto, la cual mediría la “riqueza” general, es decir, el bienestar.

En el contexto de la transición hacia una economía que da prioridad al aprovisionamiento sobre la ganancia, debemos estar atentos a la interacción entre la satisfacción de nuestras necesidades y la protección del medioambiente. Por ejemplo, la reducción sustancial del uso de energía tendría efectos profundos en el trabajo doméstico, pues se volvería mucho más difícil sin los dispositivos que nos permiten ahorrar trabajo pero consumen energía. El control de la natalidad ha permitido reducir la presión ambiental

al mantener bajo control el crecimiento de la población. Pero el crecimiento más lento de la población, o incluso su disminución, también han llevado al surgimiento de poblaciones envejecidas y con relativamente menos personas disponibles para desempeñar el trabajo y los cuidados. En el futuro sistema de aprovisionamiento, tendrá que ponerse atención a la necesidad de cuidar a los mayores. Aunque en la actualidad esta responsabilidad tiende a recaer en las mujeres, bajo la forma de trabajo mal pagado o no pagado, se puede convertir en una fuente mayor de trabajo significativo y de riqueza social.

La reorganización de la economía alrededor del dinero públicamente creado no es una utopía. Simplemente requiere el reconocimiento y la reorientación de lo que ha existido en el pasado y a lo que nosotros, de hecho, ya estamos recurriendo. A raíz de la crisis financiera de 2007-8, el poder del dinero público se hizo evidente, cuando los gobiernos lo usaron para rescatar a los bancos y otras grandes empresas, tales como los fabricantes de automóviles y las compañías de seguros. Que se utilice ahora para aprovisionar a la gente.

Mellor, Mary. 2020. “Dinero para la gente”. En: Cherizola, Jesús Suaste & Schüller, Govert & Young, Mark (editores). 2020. Democratizar el dinero. Una introducción a la Reforma del Dinero Soberano. Bloomington-Normal, IL, USA: D.R. Alliance For Just Money. 1-14.

Para más información sobre la Antología en español, visite esta página.

Mary Mellor es profesora emérita de la Universidad de Northumbria (Reino Unido), donde fue fundadora de la cátedra del Sustainable Cities Research Institute. Ha publicado numerosos textos sobre alternativas económicas que integran perspectivas socialistas, feministas y sustentables. Sus libros incluyen Feminism and Ecology (1997), The Future of Money: From Financial Crisis to Public Resource (2010) y Debt or Democracy? Public Money for Sustainability and Social Justice (2015). La versión original del artículo incluido, “Money for the People”, está disponible acqui. Traducido con la autorización de The Great Transition Initiative.

Notas al final

1. Este ensayo está basado en mi libro Debt or Democracy: Public Money for Sustainability and Social Justice (London: Pluto, 2015).

2 Este ensayo adopta la noción feminista de “aprovisionamiento”, que se refiere a las áreas de las necesidades humanas no monetarizadas y la resiliencia de la naturaleza. Más sobre este concepto en Marilyn Power, “Social Provisioning as a Starting Point for Feminist Economics”, Feminist Economics 10, no. 3 (2004).

3 Para más información sobre la economía social, véase “Social Economy”, Organization for Economic Cooperation and Development, 2017,

4 Me refiero a esta idea, así como a los mitos según los cuales el gobierno debe “vivir dentro de sus límites”, como “economía del monedero” [handbag economics] tal como lo discuto en Debt or Democracy.

5 Para más sobre la economía solidaria, véase Peter Utting, “What is Social and Solidarity Economy and Why Does It Matter?” From Poverty to Power (blog), Abril 29, 2013.

6 El caso de los círculos de niñeras demuestra la utilidad del dinero. Cada participante lleva a cabo la misma tarea (cuidar niños) y el grupo es pequeño (alrededor de una docena de familias), pero el sistema es mucho más fácil de administrar con símbolos de valor que mediante una red de arreglos personales bilaterales.

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